Aquí
Me cuestioné sobre el sentido del sufrimiento en mi vida.
Hice un mapeo de las experiencias que me llevaron hasta aquí, y comprendí que mi historia no ha sido sencilla. Al conectar mi existencia con mi propia historia, encontré un panorama muchas veces hostil. Hoy puedo verlo con claridad: en distintos momentos caí en la victimización, como resultado de las personas que me rodearon, pero también de mis propias decisiones.
Después de un profundo proceso interior, de búsqueda y reconciliación, pude nombrar mis sufrimientos:
De niña, trabajé para pagar mis estudios. Hubo días en los que no había comida en casa.
En la adolescencia, viví acoso y confusión, sin comprender lo que ocurría en mi entorno familiar, marcado por constantes discusiones entre mis padres.
De joven, impulsada por la necesidad, me fui de casa en busca de una vida mejor, de respuestas a mi vocación. Crucé fronteras.
Y aquí sigo.
Sigo viva.
Tal vez porque Dios, o el universo, quiso que permaneciera en esta tierra.
Viví el dolor de la pérdida en contextos de violencia: dos amigos fueron asesinados por la crueldad humana. Y aún así, continúo… reencontrándome con la vida y buscando darle un sentido al sufrimiento.
Hoy comprendo algo:
no todo el dolor es solo dolor.
Cuando te detienes, cuando eliges hacer una pausa y mirarte con honestidad, descubres que el sufrimiento también puede transformarse. Pero esa apertura requiere valentía: análisis, aceptación, lectura del corazón, reencuentro con las propias heridas… con las espinas, las piedras, los vientos internos.
He transitado estaciones sin darme cuenta de la belleza que también habitaba en ellas.
Hoy puedo compartir una luz: la que nace de observar, escuchar y volver a mí.
Como mujer, encontré mi camino en la naturaleza, en el silencio, en lo que me reta y me sostiene.
Ahí comprendí:
Que mi oscuridad dialoga con la oscuridad de la selva.
Que mis ruidos internos se parecen a los sonidos de la vida que habita en ella.
Que mi brillo también existe, como las estrellas y la luna.
Que el miedo puede convivir con la calma.
Que la vulnerabilidad no es debilidad, sino apertura.
En la selva pude vaciarme, gritar, sentir hambre, saciarme, perderme y encontrarme.
Pude abrazar mi dolor y también descubrir mi belleza.
En el encuentro con lo simple —la gente, el río, la tierra— recordé lo esencial: no se necesita nada para dar la mano y escuchar.
Nací mujer.
Me hice mujer.
Y sigo aprendiendo a ser mujer.
Hoy elijo reconocer mi historia, asumirla y vivirla desde el amor.
Porque incluso el dolor, cuando es mirado con conciencia, puede transformarse en camino.












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